lunes, 1 de junio de 2015

belleza de la mujer romana

Maquillajes y mascarillas

Los cosméticos se compraban en los mercados. Los que eran líquidos se colocaban en pequeños recipientes de terracota, en vasos de vidrio verde y azulado o en pequeños envases realizados con diferentes materiales; el cuello del recipiente estaba cerrado de tal forma que el maquillaje podía verterse gota a gota. Los cosméticos espesos se vendían en pequeños cofres de madera de talla egipcia, acompañados con conchas para mezclar, espátulas, lápices, pinceles o bastoncillos para aplicar el maquillaje.
Para maquillarse era indispensable disponer de un espejo. Éste podía tener forma redondeada, de acuerdo con la tradición etrusca, o cuadrada, modelo muy difundido y común durante todo el Imperio. Tradicionalmente, los espejos se fabricaban en metal (ya fuera de bronce, cobre, plata u oro) y tenían mangos finamente trabajados, tanto en metal como en hueso o marfil. Según Plinio el Viejo, la factoría más importante de espejos se encontraba en Brindisi, si bien en época tardía los espejos de vidrio acabaron reemplazando a los espejos de metal.
Por otra parte, las mujeres romanas no se conformaban con lograr una piel blanca; ésta debía estar además impecable: libre de arrugas, pecas o manchas. Para conseguir esto último, las mujeres solían colocarse mascarillas por la noche. Existían mascarillas de belleza contra las manchas, como una realizada con hinojo, mirra perfumada, pétalos de rosa, incienso, sal gema y jugo de cebada. Para contrarrestar las arrugas era muy común una mascarilla compuesta de arroz y harina de habas; también se recurría a la leche de burra, con la que había mujeres que se lavaban hasta siete veces al día, según refería Plinio el Viejo. El mismo autor recoge otro sorprendente remedio contra las arrugas: el astrágalo (hueso del pie) de una ternera blanca, hervido durante cuarenta días y cuarenta noches, hasta que se transformaba en gelatina y se aplicaba posteriormente con un paño. Para tratar las pecas se recomendaba la aplicación de cenizas de caracoles. Para alisar la piel era muy común una mascarilla a base de nabo silvestre y harina de yero, cebada, trigo y altramuz. Asimismo existían mascarillas faciales para anular el acné, las ulceraciones oculares y las heridas labiales.

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